Trabajo con niños. En un centro donde prima la libertad. Les ayudo a que se expresen, a que desarrollen su potencial. Espontáneos, alegres, juguetones, aceptados, valientes, curiosos y seguros. En BEAT sí, aquí sí.

La vida está llena de contradicciones que hablan por todos los costados.

Vuelvo de un viaje de autoconocimiento de 5 días. Y regreso a casa, noqueada, totalmente desconcertada, con la niña que fui mirándome fijamente a los ojos.

Llora, llora en silencio. Sin ruido. Siente miedo frente a la extrañez que le provoca el mundo. No entiende las reacciones de los demás. No las entiende y se asusta. Sólo quiere que la abracen, que la recojan, que la protejan, que la reconozcan, que la vean… Que detecten el estupor en sus ojos, el abismo…

Se contrae ante esa fuerza, el miedo crece dentro, no lo suelta… Camina vacilante, nadie le cuenta, nadie le explica… Iría de cuatro patas, o mejor arrastrándose por el suelo, para no levantarse ni un centímetro, hay tanto viento arriba… Vértigo, frío en las alturas… Mejor si no se mueve, alguien se dará cuenta y la alzará… Como si fuera un bloque, indefensa, sin mover los brazos, ni las piernas, sin ponerse en contacto con el exterior.

Se prefiere a sí misma, ya conoce ese calor. Claro, el contraste es radical, calor-frio. Contraste violento, sin graduación.

¡Mierda! Nadie se da cuenta, nadie percibe su inmobilidad, debe ser tímida, qué graciosa y bonita es. Mírala, siempre tan discreta.

Nadie ve que avanza lento, lo toca todo con sus deditos, investiga con lupa. Es que es tan curiosa, en su mundo, pero que niña tan introvertida. Que suerte, que poca guerra da esta niña.

Y la mordaza ya es de colores, de mariposas, de nubes de algodón. Construímos mundos irreales para que no nos joda la vida lo real.

A mis 42 años lo voy a gritar: gente que me rodeáis, que compartís mi vida, os necesito. Os quiero a rabiar.

La mordaza se deshilacha… poco a poco… caen los hilos de colores.